AQUELLOS CUENTACUENTOS, NUESTROS ABUELOS

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AQUELLOS CUENTACUENTOS, NUESTROS ABUELOS

Mensaje  admin el Jue Jun 05, 2008 11:52 am

AQUELLOS CUENTACUENTOS, NUESTROS ABUELOS


Ramón M. Carnero
Enero, 2008

A mi abuelo materno, Lázaro, de quien heredé la afición al relato

El momento que nos toca vivir, a pesar de que por distintos caminos: el folclórico, la música, la investigación..., se están estudiando las raíces de los pueblos; con frecuencia o demasiadas veces, a los verdaderos protagonistas de esas raíces los retiramos de la circulación al considerarlos un estorbo. Y sólo, únicamente, recurrimos a nuestros abuelos o nuestros viejecitos -en el caso del estudioso- para sacarle toda la información posible, y en el de los familiares para estrujarlos y limpiarle los bolsillos, los chorizos, los jamones… Y se acabó. No hay más. Aquel mundo que adoraba las canas, y le daba un lugar privilegiado en la sociedad familiar, ha pasado a mejor vida, y no digamos cuando llegan las vacaciones estivales. No hemos sido capaces de dejarlos disfrutar del paraíso en el que debía convertirse el avance y los logros sociales -eso que tanto llena la boca de políticos y sindicalistas-. ¡Cuanta falsedad politizada para justificar unas subvenciones estatales que cada cuatro años se convierten en votos! Dinero que lleva a la soledad y a la deshumanización de la sociedad.
Antes, los abuelos eran como una emisora de radio, porque transmitían de viva voz. Hasta donde muere el viento, hasta allí llegaba su voz. Donde reposa el abuelo o donde se sienta, llega o debería llegar el calor humano.
Si a mis padres les debo la vida, a mi abuelo, antes que a mis maestros, les debo lo que soy. Él sembró mi infancia de cuentos, llenó mis juegos de sana picaresca, de convivencia con otros niños, a jugar al tiempo que desarrollaba mis propias iniciativas. Pero sobre todo me enseñó algo muy grande: El amor y el respeto a la memoria de los mayores, que traducido a mi mundo, significa conocer los pueblos, sus vivencias, sus costumbres, sus tradiciones, sus leyendas... y a respetarlas.
Hoy, la voz de mi abuelo -ausente desde que yo tenía siete años-, sigue, desde su emisora particular, desde más allá de las estrellas, enseñándome que el camino estrellado de Santiago, en realidad es el reguero de leche que había dejado una cabra. Y lo mismo que la radio que no da imágenes, sino que las crea con palabras en la mente de la gente; los abuelos de antes las trazaban de forma imperecedera en el aire con ademanes que acompañaban su voz, para que se fijaran en el lienzo puro que es el corazón de un niño.
El mío me enseñó a escuchar pacientemente a las personas mayores Qué importaba o importa que tu abuelo, el del otro o el mío, nos hayan contado veinte veces... ¡qué digo veinte! mil veces sus batallitas.
Hoy esta práctica está perdida y quienes no saben hacer uso de ella porque no se lo han enseñado o encauzado adecuadamente, no saben lo que se pierden. No soy un niño, y sin embargo me sigo dejando mecer acunado por las palabras de abuelos sayagueses, alistanos, sanabreses...
¿Qué hubiera sido de mí, de ti o de nosotros, sin un abuelo que nos contó... otro tiempo, el anterior y el suyo? Sus relatos nunca empezaban Érase una vez, sino: Según tengo entendido... Al tío fulano o la tía fulana le sentí decir… Verás…
Muchos niños, y mayores, acuden hoy a lugares donde un cuentacuentos les relata historias. Y a lo mejor, a los maestros de los relatos, a los abuelos, los tienen como al arpa de la que nos habla el poeta: olvidados en ese rincón que son las residencias.

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